En el año 2021 publiqué mi primer libro “Cómo Reconocer la voz de Dios“. Un libro práctico y sólido para que las personas pudiesen (obviamente) escuchar a Dios y establecer una relación profunda con él. Al mismo tiempo, dentro del mundo carismático (al cual pertenezco y amo profundamente) usamos más el término “Palabra Profética” o “Palabra de Conocimiento/Ciencia”. La razón por la cual no quise llamar al libro “Cómo recibir palabras proféticas” es porque el objetivo era más profundo que eso: era mostrarles a las personas que pueden escuchar a Dios al igual que los profetas de la Biblia y grandes hombres y mujeres de Dios de hoy en día. Estaba (y aún estoy) seguro de que todos quienes se consideren hijos de Dios pueden escuchar su voz, tal como Jesús prometió: “Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen” (Juan 10:27).
Pasaron los años y, gracias a Dios, el libro se agotó dos veces en toda su impresión (lo cual fue una linda e inesperada sorpresa). Al mismo tiempo hice muchos eventos y entrenamientos en donde directa o indirectamente enseñé acerca del tema, algunas veces bajo el título “Cómo profetizar” y la mayoría de las veces “Cómo Reconocer la Voz de Dios”. A medida que enseñaba más de esto, y obviamente lo practicaba, me di cuenta de que la primera edición del libro podría explicar mejor algunas cosas y agregarle otras. Razón por la cual publiqué su tercera edición, esta vez con algunos capítulos nuevos, mejorados, guías y mejores enseñanzas, aunque no resté nada de contenido. Precisamente esta reflexión nace de mi proceso escribiendo esa tercera y final edición.
He visto cómo esta hermosa y bíblica práctica ha generado mucha controversia durante este último año. Es triste, realmente. No quisiera que fuese así. Sin embargo, esta vez quisiera hacer una especie de autocrítica acerca de cómo nosotros usamos esto, algunas cosas que son relevantes para nuestra vida como cristianos.
PRIMERO: COMO CRISTIANOS SEGUIMOS A CRISTO, NO A UNA PALABRA PROFÉTICA
Muchas veces las personas tienen más expectativas en lo profético que en Jesús mismo. Esto representa un peligro espiritual real cuando las señales se convierten en el objeto de nuestra adoración en lugar de apuntar hacia Aquel que las produce.
Creo que esto se ve claramente en Apocalipsis cuando Juan se encuentra con el ángel: “Yo, Juan, soy el que vio y oyó todas estas cosas. Y cuando lo vi y oí, me postré para adorar al ángel que me había estado mostrando todo esto. Pero él me dijo: ‘¡No, cuidado! Soy un siervo como tú, como tus hermanos los profetas y como todos los que cumplen las palabras de este libro. ¡Adora solo a Dios!'” (Apocalipsis 22:8-9). Incluso después de recibir revelaciones celestiales impresionantes, Juan fue corregido: la adoración pertenece solo a Dios. Las palabras proféticas son señales que apuntan a Jesús, no destinos en sí mismas. Cuando alguien recibe una palabra profética impactante y precisa, debería asombrarse no por la información revelada, sino porque Dios mismo está diciendo: “Estoy aquí, te veo y estoy cerca”.
SEGUNDO: ALGUNAS VECES LO PROFÉTICO SE VE COMO UNA LECTURA DE “TAROT” DENTRO DE LA IGLESIA
TERCERO: TOMAMOS NUESTRAS DECISIONES MÁS IMPORTANTES SOLO EN BASE A UNA PALABRA PROFÉTICA
Las palabras proféticas son una pieza del rompecabezas en una decisión. No podemos tomar decisiones por una palabra profética, por mucho sentido que nos haga. A nivel personal, para mí es importante considerar las siguientes cosas para tomar decisiones:
- Que pueda conversar esta decisión con mi esposa para discernir
- Que pueda conversar esta decisión con líderes y pastores que estén sobre mí para discernir
- Que pueda ver si en mi espíritu el Señor me convence de ello (lo quiera o no)
- Por último, si adicionalmente hay palabras proféticas (y no una, muchas)
Créeme que es muy aliviador cuando tomas este camino y las palabras proféticas llegan. Pero creo honestamente que las palabras proféticas no deben asombrarnos por su contenido sino por quién está detrás de ello. Te diré esto que es importante: muchas veces nos asombra más el hecho de que una persona sepa cosas de mí que no tiene forma de saber, que lo que Dios realmente nos está hablando. Recordemos que estas son señales y las señales y maravillas están para apuntar a Jesús. Cuando doy una palabra profética a alguien y es impresionante y exacta, les digo algo como: “Mira, en realidad es genial, yo también me asombro, pero lo más asombroso de esto es que es Dios, es él quien está hablando y confirmando ciertas cosas. Es Jesús diciendo ‘¡Hey! Estoy aquí, te veo y estoy cerca'”.
CUARTO: LO HACEMOS DE MANERA MECÁNICA Y POCO DEPENDIENTE
Sin embargo, creo que un gran error que podemos cometer es hacerlo de manera independiente y mecánica. Recuerdo una vez que escuché a alguien decirme: “Yo puedo llegar y darle una palabra profética a cualquiera”. Te seré honesto, lo creo, pero no lo quiero. Estoy totalmente convencido de que depender de Dios no es algo que muchas veces fluya de manera natural, sino más bien una decisión. Hay muchas cosas que Dios nos permite hacer de forma independiente, pero es nuestra decisión buscar ser dependientes de él para así tomar el mismo modelo de Jesús: “Entonces Jesús afirmó: ‘Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su Padre hace, porque cualquier cosa que hace el Padre, la hace también el Hijo'” (Juan 5:19). Jesús no dice que no tiene el poder o incluso la facultad para hacer lo que quiera, sino que el pasaje en su contexto nos muestra que lo que él hace es un reflejo de lo que ve en Dios. Mi filosofía personal es sumarme a lo que Dios está haciendo. Él siempre está obrando, y por eso muchas veces prefiero esperar a que “el Espíritu del Señor venga” antes de hacerlo de una manera independiente y mecánica. Anhelo ver a Dios obrar mucho más de lo que anhelo que a alguien le haga sentido lo que digo.
QUINTO: NOS PODEMOS EQUIVOCAR
Nunca voy a olvidar una conferencia en la que estuve hace muchos años atrás en Chile. No estaba como expositor sino como oyente, pero aun así, en medio de la conferencia, miré a una persona que estaba de pie durante el tiempo de adoración. Al mirar a esa persona, fue como si hubiese sabido toda su vida, sus problemas con su padre, el abandono de su madre, ciertas luchas que tenía en ese momento. Fue tan fuerte y profunda la impresión que tuve que comencé a llorar. Respiré profundo para calmarme y me acerqué, le pregunté si podía orar y me dijo inmediatamente que sí. Comencé diciendo: “Puedo estar equivocado, pero tengo la impresión de que…” y básicamente compartí todo lo que había percibido. Ella me miró y me dijo: “Lo siento, mi mamá está acá con mi papá y la verdad es que tenemos una relación maravillosa, y todo el resto que dijiste simplemente… no tiene sentido”. Esa persona intentó ser más agradable para que no me sintiera mal, pero la verdad fue esa: simplemente no tenía sentido, me equivoqué.
Cuando yo (y otras personas) enseñamos de esto, muchas veces contamos historias de cómo damos una palabra y esto tiene todo el sentido del mundo, con información que no teníamos cómo saber de alguien que acabamos de conocer. Pero pocas veces contamos de las (muchas) veces en que nos equivocamos, cuando estamos en la iglesia y oramos por alguien o, peor aún, haciendo evangelismo—eso sí que es vergonzoso. Pero si te soy honesto, son esos, específicamente esos momentos, los que te mantienen en integridad delante de Dios y los hombres para moverte en estas cosas.
REGRESANDO AL CENTRO
A modo de conclusión, debemos saber que, por sobre todas las cosas, somos seguidores de Jesús, haya o no en el camino palabras proféticas. No podemos poner nuestro descanso y renuevo en una palabra profética. Estas palabras, como todas las señales, nos llevan a Jesús, y es ahí donde encontramos descanso y renuevo. Por esto la profecía es de “edificación, consuelo y ánimo” (1 Corintios 14:3). Lo que Dios nos habla no es de ánimo, consuelo y edificación por sí solo, sino porque viene de Él.
De nuevo, la razón por la cual escribí “Cómo Reconocer la voz de Dios” es porque estoy convencido de que no necesitas profetas, personas super-espirituales o super-ungidas para escucharle a él. Porque sé que si Dios me habla a mí, le habla a todo el mundo, y si yo puedo escucharle (aún con errores), todos pueden también.
Debemos crecer en dependencia de él y anhelando más de él. Estar dispuestos y disponibles para así sumarnos a lo que él quiere hacer y, como decimos en la iglesia, así no “salirnos con la nuestra”. Buscamos ser luz para otros, y espero que esta práctica con este entendimiento nos ayude a ser la voz de Dios para otras personas de manera íntegra y poderosa.