Hace algunos años, después de predicar en una reunión dominical donde fui invitado, alguien se acercó y me hizo una pregunta que, aunque inocente, me dejó desconcertado: ¿La doctrina que usted predica es la sana doctrina?
Lo miré unos segundos, intentando descifrar qué había detrás de sus palabras. Al no encontrar nada oculto, le pregunté: ¿A qué te refieres exactamente? Me explicó con humildad que había leído en internet a alguien usando ese término y, aunque sonaba claro por sí mismo, no terminaba de entender su significado.
En los últimos años he visitado iglesias de distintas denominaciones: bautistas, viña, pentecostales, metodistas, sin denominación y varias más. Y me he encontrado con la misma pregunta una y otra vez, a veces convertida en comentarios cargados de juicio.
El origen bíblico del término
El término “sana doctrina” aparece explícitamente en las cartas pastorales del apóstol Pablo. En 1 Timoteo 1:10, habla de aquello “que está en contra de la sana enseñanza”. En 2 Timoteo 4:3, advierte: “Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír”. A Tito le instruye: “Tú, en cambio, predica lo que va de acuerdo con la sana doctrina” (Tito 2:1), y le exhorta a “aferrarse a la palabra fiel, según la enseñanza que recibió, de modo que también pueda exhortar a otros con la sana doctrina y refutar a los que se opongan” (Tito 1:9).
La palabra griega traducida como “sana” (hugiaino) significa literalmente “saludable” o “que promueve salud”. Pablo la usa nueve veces en las epístolas pastorales, cinco de ellas en Tito. El énfasis no está en una corrección teológica abstracta, sino en una enseñanza que produce vida espiritual saludable, que edifica y resulta en santidad práctica.
Cuando la doctrina se convierte en arma
Los fariseos en tiempos de Jesús eran los defensores más celosos de la pureza doctrinal dentro del judaísmo. Establecieron 248 preceptos y 365 prohibiciones que constituían la tradición oral, creando “un valladar en torno a la Ley” para evitar su transgresión.
Sin embargo, Jesús los confrontó con dureza: “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Les cierran a los demás el reino de los cielos, y ni entran ustedes ni dejan entrar a los que intentan hacerlo” (Mateo 23:13). Los llamó “guías ciegos” y “sepulcros blanqueados. Por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre”.
El problema de los fariseos no era su doctrina en sí —muchas de sus creencias coincidían con las de Cristo, incluyendo la resurrección— sino su hipocresía y su uso de la doctrina como herramienta de exclusión y control. En Juan 9, cuando Jesús sanó al ciego de nacimiento, los fariseos lo expulsaron de la sinagoga simplemente por testificar de Cristo, priorizando sus tradiciones sobre la evidente obra de Dios.
Pablo: el apóstol
El ministerio apostólico de Pablo estuvo marcado por la constante necesidad de corregir desviaciones doctrinales. En su primera carta a Timoteo, le encarga: “Al partir para Macedonia, te encargué que permanecieras en Éfeso y les ordenaras a algunos supuestos maestros que dejen de enseñar doctrinas falsas y de prestar atención a leyendas y genealogías interminables. Esas cosas provocan controversias en vez de llevar adelante la obra de Dios que es por la fe” (1 Timoteo 1:3-4). Estas falsas enseñanzas no solo eran erróneas, sino que provocaban controversias en lugar de edificación.
En Gálatas, Pablo enfrentó uno de los conflictos doctrinales más graves de la iglesia primitiva: ¿debían los gentiles circuncidarse para ser salvos? Con lenguaje extraordinariamente severo, declaró: “Me asombra que tan pronto estén dejando ustedes a quien los llamó por la gracia de Cristo, para pasarse a otro evangelio. No es que haya otro evangelio, sino que ciertos individuos están sembrando confusión entre ustedes y quieren tergiversar el evangelio de Cristo. Pero, aun si alguno de nosotros o un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del que les hemos predicado, ¡que caiga bajo maldición!” (Gálatas 1:6-8).
El Concilio de Jerusalén en Hechos 15 muestra cómo la iglesia primitiva manejó esta controversia. Después de una “discusión muy acalorada”, Pedro afirmó: “Nosotros creemos que tanto ellos como nosotros somos salvos por la gracia de nuestro Señor Jesús” (Hechos 15:11). La decisión fue clara: no imponer cargas innecesarias sobre los gentiles, estableciendo que la salvación es únicamente por gracia.
Pablo también advirtió a los romanos: “Les ruego, hermanos, que se cuiden de los que causan divisiones y dificultades, y van en contra de la enseñanza que ustedes han recibido. Apártense de ellos. Tales individuos no sirven a Cristo nuestro Señor, sino a sus propios apetitos. Con palabras suaves y lisonjeras engañan a los ingenuos” (Romanos 16:17-18).
La autoridad que falta hoy
Aquí surge una paradoja moderna: hay grupos de iglesias que niegan la existencia de apóstoles hoy, pero se atribuyen el rol de corregir a otros sin tener ni autoridad espiritual ni, peor aún, autoridad relacional. Dos cosas que Pablo sí tenía.
La autoridad apostólica de Pablo no era meramente posicional o doctrinal, sino profundamente relacional. En 1 Corintios 4:15, escribe: “De hecho, aunque tuvieran ustedes miles de tutores en Cristo, padres sí que no tienen muchos, porque mediante el evangelio yo fui el padre que les dio vida en Cristo Jesús”. Pablo no solo fundó la iglesia en Corinto, sino que desarrolló una relación de padre espiritual con ellos. Esta paternidad le otorgaba autoridad legítima para corregir y formar.
En contraste, muchos hoy se auto-atribuyen autoridad para corregir iglesias y líderes con los que no tienen ninguna relación fundacional, pastoral o de mutuo sometimiento. No plantaron esas iglesias, no las han servido sacrificialmente, ni tienen el tipo de relación que legitimaría la corrección. Pablo advirtió contra aquellos que querían “ser maestros de la ley, sin entender lo que dicen ni lo que con tanta seguridad afirman” (1 Timoteo 1:7).
La ironía de la “sana doctrina”
Lamentablemente, este término se usa con frecuencia en círculos reformados o más tradicionales de la Iglesia. Y es irónicamente nocivo pensar de esa manera.
Cada vez que veo pastores hablar acerca de la sana doctrina, hablan de la suya. ¿Irónico, no? Dudo que alguien diga: “Soy un predicador de doctrina poco saludable”.
Cuando me preguntan si predico sana doctrina, mi respuesta siempre será que sí. Predico y enseño lo que estoy plenamente convencido que la Biblia enseña, creyendo fielmente ante Dios que lo hago desde el lente correcto y la interpretación correcta. ¿Me puedo equivocar? ¡Claro! ¿Acaso no puedo equivocarme al interpretar la Biblia? ¿Acaso voy a ignorar la historia de la Iglesia y cómo esta refleja errores y aciertos? Por supuesto que me puedo equivocar, pero estoy seguro delante de Dios que hago lo mejor que puedo en formarme, equiparme, aprender y estudiar para evitarlo. Sin embargo, todos nos equivocamos.
En la mayoría de los casos, “sana doctrina” es un término para decir de manera sutil y elegante: “Yo tengo la razón, tú no”, “Las personas y la iglesia deben creer lo que yo creo, porque para mí eso es lo correcto”.
Sé humilde y calla.
Entonces, ¿qué es doctrina?
La palabra “doctrina” (didaskalia en griego) significa literalmente “enseñanza” o “instrucción”. En el contexto del Nuevo Testamento, se refiere al cuerpo coherente de enseñanzas apostólicas sobre Cristo, la salvación, la vida cristiana y la iglesia. No es un conjunto de proposiciones teológicas abstractas, sino una enseñanza que transforma vidas y produce piedad.
La sana doctrina tiene características específicas según el Nuevo Testamento:
- Está fundamentada en las Escrituras y centrada en Cristo
- Promueve la santidad y la madurez espiritual, no solo el conocimiento intelectual
- Edifica la comunidad en amor, no la divide
Como Pablo escribe: “El propósito de este mandato es el amor que brota de un corazón limpio, de una buena conciencia y de una fe sincera” (1 Timoteo 1:5).
Ahora bien, es importante aclarar: no porque busques algo “sano” te vuelves un religioso. Todos estamos llamados a perseguir un modelo de iglesia y de cristianismo saludable. La pregunta correcta es: ¿Cómo se ve una iglesia saludable? ¿Qué prácticas cristianas son saludables?
Los frutos de una iglesia saludable
Una iglesia saludable no se define únicamente por la precisión de sus formulaciones doctrinales, sino por el fruto que produce. La sana doctrina debe resultar en vidas transformadas, comunidades que reflejan el carácter de Cristo y un testimonio efectivo del evangelio. Como escribió Pablo a Tito, la sana doctrina debe enseñar “a renunciar a la impiedad y a las pasiones mundanas. Así podremos vivir en este mundo con justicia, piedad y dominio propio” (Tito 2:12).
Las iglesias saludables se caracterizan por la unidad en lo esencial, la libertad en lo no esencial, y el amor en todas las cosas. Esta frase, frecuentemente atribuida a Agustín de Hipona pero originada en realidad en teólogos del siglo XVII, sigue siendo profundamente sabia: “En las cosas necesarias, unidad; en las dudosas, libertad; y en todas, la caridad”.
Mi confesión personal
Si debo describir mi doctrina, creo honestamente que mi querido amigo y mentor el Dr. Derek Morphew escribió un libro —corto y preciso— que relata lo que abrazo como credo personal, el cual es también una confesión de fe que el Movimiento de Iglesias La Viña —del cual soy parte— abraza: Contando la Historia del Reino: Teología, Formación y Discipulado. (Haz click aquí para ver el libro) Derek Morphew ha sido reconocido como uno de los principales teólogos del Reino a nivel mundial y ha articulado una teología centrada en el Reino de Dios que integra la narrativa bíblica completa, desde la creación hasta la nueva creación.
La teología del Reino enfatiza que “el Reino de Dios se trata completamente de Jesús”. Entiende que en Cristo, “el mundo futuro que Dios creará, el nuevo cielo y la nueva tierra, la nueva creación, ha llegado del futuro al presente”. Esta perspectiva no es escapista, sino profundamente comprometida con la transformación del mundo presente mediante el poder del Espíritu Santo.
Reflexión final
Lamentablemente, la mayoría de las personas que entran en la discusión de la “sana doctrina” buscan convencer a otros de que lo que creen es lo correcto y saludable, por lo tanto debe ser aceptado. Déjame decirte algo:
No hay nada menos saludable que eso.
Siempre estoy abierto —y les animo a hacerlo también— a revisitar cualquier tema desde la Biblia, y estar bien si no se llega a acuerdo.
La verdadera sana doctrina no es un arma para dividir, sino un fundamento para unir. No es una herramienta de control, sino un instrumento de libertad. No es un fin en sí misma, sino un medio para conocer a Dios más profundamente y amarlo más completamente. Como Juan advirtió: “Todo el que se descarría y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en la enseñanza sí tiene al Padre y al Hijo” (2 Juan 9).
El peligro más grande no es el error teológico honesto de quien busca sinceramente entender las Escrituras, sino la arrogancia de quien usa la “sana doctrina” como pretexto para juzgar, excluir y dominar.
Los fariseos tenían doctrina impecable en muchos aspectos, pero Jesús los llamó ciegos. En contraste, el ciego de Juan 9, con entendimiento limitado pero corazón sincero, confesó: “Creo, Señor” y le adoró.
Me quedo con aquella sabiduría atribuida a Agustín:
“En las cosas necesarias, unidad; en las dudosas, libertad; y en todas, la caridad”.
Que el Señor nos dé gracia para discernir la diferencia entre estas categorías, humildad para reconocer nuestras propias limitaciones, y amor para tratarnos unos a otros con el mismo espíritu de gracia con que Cristo nos ha tratado.