John Wimber (1934-1997) fue una de las figuras más influyentes del cristianismo contemporáneo, conocido por revolucionar la forma en que entendemos y vivimos el Reino de Dios. Fundador del Movimiento de Iglesias La Viña (Vineyard Movement), Wimber no fue un teólogo académico tradicional, sino un pastor-teólogo cuya teología nació de la experiencia práctica del ministerio. Su trasfondo como músico de rock convertido a pastor le dio una perspectiva única que combinaba autenticidad, sencillez y un hambre genuina por ver el poder de Dios manifestarse en la vida cotidiana.
Lo que hizo diferente a Wimber además de su énfasis en la presencia de Dios o la sanidad divina, fue su comprensión integral del Reino de Dios como una realidad presente que debe transformar cada aspecto de la vida. Para él, el cristianismo no era solo creer las cosas correctas, sino vivir en el poder y la presencia de Dios de manera “naturalmente sobrenatural”. Su famoso lema “hacer las cosas que Jesús hizo” no era solo una frase repetitiva, sino un llamado radical a vivir la vida del Reino aquí y ahora, en medio de un mundo quebrantado que necesita desesperadamente experimentar el amor y el poder transformador de Dios.
LA GUERRA DEL CORDERO
En nuestro contexto actual, donde las divisiones sociales se profundizan y las injusticias sistémicas parecen multiplicarse, la perspectiva de Wimber sobre el Reino y la justicia social cobra una relevancia extraordinaria. Su enfoque no era político en el sentido partidista, sino profundamente evangélico: veía la justicia social no como una agenda secular adoptada por la iglesia, sino como una expresión inevitable del Reino de Dios irrumpiendo en la historia. Para Wimber, trabajar por la justicia no era una distracción del evangelio, sino el evangelio mismo en acción. Su genialidad radicaba en mostrar cómo la transformación espiritual y la justicia social no son opuestas, sino complementarias, dos caras de la misma moneda del Reino.
Wimber acuñó un término para describir cómo conecta el Reino de Dios a la justicia social: “La Guerra del Cordero”. Este concepto captura la paradoja central del Reino de Dios, un Reino que conquista a través del sacrificio, que vence mediante el amor, y que transforma el mundo no con espadas, sino con servicio.
La justicia social está en el corazón mismo del Evangelio. Jesús declaró su misión en Lucas 4:18-19: “anunciar la buena nueva a los pobres… proclamar la libertad a los presos y la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos, proclamar el año de gracia del Señor”. En el Antiguo Testamento, “el año del favor del Señor” era el año del Jubileo, en el que debían condonarse las deudas, liberarse los esclavos y redistribuirse las tierras (Lev 25). Jesús anunció el establecimiento inminente de un Jubileo eterno.
Esto se cumplió en el Reino que trajo Jesús. Es un Reino en el que “la justicia fluye como un río y el derecho como un torrente inagotable” (Amós 5:24), un Reino que “defiende la causa de los oprimidos y da de comer a los hambrientos” y “libera a los prisioneros” (Salmo 146:7).
Jesús veía a las personas a las que predicaba y sanaba como víctimas “acosadas e indefensas” de la injusticia que no tenían poder para ayudarse a sí mismas (Mt. 9:35-36). Conectó su ministerio de sanidad con el ministerio a los pobres, porque consideraba que ambos “traían la justicia” (Mt. 11:5, 12:15-21). En el Sermón del Monte mencionó la bendición sobre los que tenían hambre y sed de justicia (Mt. 5:6). Jesús también estableció una conexión entre el Reino y el mandamiento de “amar al prójimo como a uno mismo” (Marcos 12:28-34), describiendo a nuestros “prójimos” como los necesitados y por los que quizá tengamos que cruzar barreras raciales y hostiles (Lucas 10:25-37).
Jesús también dio a sus discípulos un mandato claro de actuar por la justicia social: “Porque les digo a ustedes que no van a entrar en el Reino de los Cielos a menos que su justicia supere la de los fariseos y la de los maestros de la Ley” (Mt. 5:20). La obediencia a Dios exige justicia privada y defender la justicia en el mundo (Mt. 25:31-46).
Para esto vemos tres principios fundamentales para trabajar por la justicia social:
1. JUSTICIA ESPIRITUAL
“nuestra vocación primordial es una justicia espiritual, no social ni política”. -John Wimber, Transformación Poderosa
Establece que antes de luchar contra la injusticia externa, la justicia debe vivir personal y corporativamente en los corazones, venciendo la codicia, lujuria, orgullo, odio, envidia y miedo. Aunque reconoce que Jesús murió para vencer toda forma de injusticia mundial, enfatiza que no instruyó formar un “estado cristiano”. Wimber permite que los cristianos “luchen por preservar la justicia y la paz en el orden político”, pero advierte contra “confundir la corrección de los males sociales con la irrupción del Reino de Dios”. Utiliza el pentecostalismo como ejemplo paradigmático: los cambios sociales llegaron como subproducto del evangelio, al ocuparse principalmente de problemas espirituales.
2. EL EVANGELISMO COMO MISIÓN PRINCIPAL
“cuando luchamos por la justicia y la paz en el mundo, el evangelismo sigue siendo nuestra misión principal”. -John Wimber, Transformación Poderosa
Su argumento central es que “solo la transformación espiritual aborda la causa fundamental de la opresión”, siendo “el derribo de las estructuras del mal… solo un subproducto de la presencia del Reino de Dios”. Propone que la estrategia más eficaz es convertir a los perpetradores: “la forma más eficaz de dar un golpe contra el aborto es ganar a los abortistas para Cristo, para luchar contra el abuso de drogas es ganar a los traficantes para Cristo, para combatir la política corrupta es ganar a los políticos”. Wimber ilustra este principio con el ministerio de Mark Buntain en Calcuta, cuya Misión de Misericordia alimenta a 22.000 personas diariamente y opera hospitales y escuelas, pero donde “el evangelismo sigue siendo el centro de su ministerio”.
3. LA JUSTICIA SOCIAL COMO GUERRA ESPIRITUAL
“buscar la justicia social es una guerra espiritual” contra “poderes malignos, las autoridades y las instituciones” que “se dedican a propagar la injusticia, la opresión, el odio, el fanatismo, la crueldad, la tiranía, la brutalidad”. -John Wimber, Transformación Poderosa
John explica que “en la cruz Jesús introdujo un tipo de guerra diferente. Murió por sus enemigos, para crear un pueblo que amara a su prójimo y amara a sus enemigos”. Define este enfoque como “la guerra del Cordero, una guerra que Jesús (el Cordero de Dios) ganó en la cruz”. Las armas de esta guerra “tienen poder divino para derribar fortalezas”, pero “no son como las armas modernas del poder militar, la fuerza política o el activismo social”, sino “la verdad, la justicia, la disposición, la fe, la salvación, la palabra de Dios, la oración, el sacrificio y el amor”. Wimber ilustra este poder transformador con la historia de Susan, una niña de 12 años de un entorno de extrema violencia quien, tras recibir “una comida caliente, el amor de Dios y el Evangelio”, experimenta transformación y se convierte en agente de cambio en su comunidad.
JUSTICIA Y REINO HOY
Después de reflexionar sobre la visión de Wimber, me quedo pensando en cómo vivir esto en nuestro contexto actual. Porque seamos honestos: vivimos tiempos polarizados donde la justicia social se ha vuelto casi sinónimo de batalla política, y es fácil perder el rumbo.
La política está lejos de ser un fin en sí misma, es un medio. Al igual que el dinero, que también es solo una herramienta, la política puede corromper de manera devastadora a quienes se involucran. Pero aquí está la pregunta que no podemos evitar: ¿deberíamos involucrarnos? Mi respuesta es sí, definitivamente. Pero bajo estándares completamente diferentes a los que conocemos. Si deseamos hacerlo, hagámoslo bajo estándares de carácter y fruto del Espíritu que no se negocian por votos o popularidad.
El problema no es participar en la vida pública, sino hacerlo con las armas equivocadas y los motivos incorrectos. Cuando nuestro testimonio se contamina por el poder político, dejamos de ser sal y luz para convertirnos en ruido. Aquí hay una pregunta importante: ¿Queremos ser políticos cristianos o queremos evangelizar a los políticos?
Además, la justicia del Reino, al igual que toda práctica auténtica del Reino de Dios, debe estar acompañada de señales y maravillas. No podemos perder de vista que la justicia es tanto física como espiritual. Piensa en el Éxodo: Dios no solo libertó política y socialmente a su pueblo de la esclavitud egipcia, sino que lo hizo con manifestaciones sobrenaturales que demostraron su poder sobre todos los dioses de Egipto. Valoro a quienes realizan acciones sociales y actividades de ese tipo, pero la realidad es que un discípulo de Jesús debe ser seguido por señales y maravillas, no sólo por buenos actos y un carácter amable.
Si nuestra justicia social no lleva el poder transformador de Dios, si no hay evidencia sobrenatural de su presencia, entonces probablemente estemos haciendo trabajo social noble, pero no necesariamente estamos extendiendo su Reino. La diferencia importa.
Otro punto clave que, creo, marca la diferencia entre justicia del Reino y acción social es el evangelismo. El evangelismo es nuestra misión principal. Esta es la línea divisoria. El Reino separa (queramos o no) a las personas en dos bandos. No hay neutros en el Reino de Dios.
Sanar a los enfermos sin hablarles de Jesús está igual de mal que alimentar al hambriento sin ofrecerle esperanza eterna. En el Reino, simplemente no entra esa dinámica. No puedes separar la transformación social de la transformación espiritual sin traicionar el corazón mismo del evangelio.
Esto va mucho más allá de candidatos y partidos políticos. A veces observo las redes sociales durante las temporadas electorales y me quedo pensando: ¿qué pasaría si la gente que da su vida defendiendo candidatos que ni siquiera conocen en persona demostrara a Jesús con la misma pasión, pero con poder y amor?
Si quienes ponen toda su energía en batallas políticas también pusieran (al mismo tiempo, sin descartar el ejercicio político) esa misma intensidad en demostrar el Reino de Dios donde viven, trabajo, estudian… probablemente la necesidad de cambio político sería mucho menor.
La guerra del Cordero sigue siendo relevante porque nos recuerda que el verdadero cambio no viene desde los palacios de gobierno hacia abajo, sino desde corazones transformados hacia afuera. Y esos corazones transformados, equipados con el poder de Dios y motivados por su amor, pueden cambiar cualquier sistema (político, social o económico) desde sus cimientos.
BIBLIOGRAFÍA
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Vineyard Resources. “Gospel With The Poor, Pastor Resources.” 2019.
Wimber, John y Springer, Kevin. Transformación Poderosa. Naturalmente Sobrenatural, 2025.
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