Durante casi diecisiete años de mi vida, mi oración más valiente por sanidad era: “Dios, te ruego que guíes las manos del doctor”. Si soy honesto, ni siquiera creía realmente que Dios pudiera hacer eso.
Pero mi perspectiva cambió radicalmente cuando comencé a asistir a La Viña y por primera vez escuché personas orando por sanidad física con expectativa real. Aunque al principio me resultaba extraño y hasta incómodo, algo en mi corazón sabía que esto era más cercano al corazón del Evangelio de lo que había experimentado antes.
Esta reflexión personal me ha llevado a una convicción profunda: la sanidad divina no es propiedad exclusiva de denominaciones carismáticas o pentecostales. Creo firmemente que si las iglesias tradicionales se propusieran buscar intencionalmente esta práctica bíblica, la verían manifestarse con mayor frecuencia en sus congregaciones. El desafío no es cambiar su teología fundamental, sino redescubrir dimensiones del Reino de Dios que quizás han quedado de lado por razones históricas más que bíblicas.
Los Puritanos
Cuando pensamos en los puritanos, la imagen que típicamente viene a la mente es la de teólogos rigurosos enfocados exclusivamente en la doctrina. Pero la realidad histórica es mucho más rica. Los puritanos desarrollaron un sistema extraordinariamente sofisticado para entender los problemas del corazón humano, y “distinguieron entre una variedad de causas físicas, espirituales, temperamentales y demoníacas” en los problemas de las personas.
Su acercamiento a la consejería pastoral no descartaba la intervención divina en asuntos de salud y bienestar. Los puritanos “consideraban que el remedio espiritual esencial era creer en el evangelio, usado tanto para arrepentimiento como para el desarrollo de un adecuado entendimiento propio”. Esta perspectiva reconocía que la salvación en Cristo abarca todas las dimensiones de la experiencia humana.
Lo fascinante es que su compromiso inquebrantable con “la autoridad funcional de la Escritura” los llevaba a tomar en serio todas las promesas bíblicas, incluyendo aquellas relacionadas con la sanidad. No tenían temor ni dudas a la hora de orar por los enfermos (¡o incluso resucitar a los muertos!).
A.B. Simpson
Albert Benjamin Simpson representa un puente fascinante entre la tradición reformada y la práctica de la sanidad divina. Criado como “un estricto presbiteriano escocés”, Simpson experimentó un cambio cuando “en 1881, fue rebautizado por inmersión y experimentó la sanidad de problemas cardíacos”.
Simpson no abandonó su herencia teológica; la expandió. Desarrolló lo que se conoce como el “Evangelio Cuádruple”: Cristo salva, santifica, sana y viene otra vez. Esta formulación conectaba la sanidad divina con los temas centrales de la fe cristiana histórica.
La Alianza Cristiana y Misionera que Simpson fundó tenía como propósito “levantar a Cristo en toda su plenitud”. Su ministerio incluyó “hogares de sanidad” (Integral, no sólo física) y otras actividades relacionadas con la sanidad divina. Para Simpson, la sanidad no era un añadido opcional al evangelio, sino una parte integral del mensaje completo de Cristo.
Aimee Semple McPherson
Aunque Aimee Semple McPherson proviene de una tradición pentecostal más que de las denominaciones tradicionales, su ministerio ofrece lecciones importantes para todas las iglesias que a través de los años se han vuelto escépticas. McPherson “predicó a todos: hombres y mujeres, ricos y pobres, de diversas étnias y culturas”. Su ministerio demostró que la sanidad divina podía trascender todas las barreras sociales y denominacionales.
Su articulación del “Evangelio Cuadrangular”: “Jesús es el Salvador, Jesús es el Sanador, Jesús es el Bautizador con el Espíritu Santo y Jesús es el Rey que viene pronto” conectaba la sanidad con la ortodoxia cristiana fundamental. Los eventos masivos de sanidad, como el famoso “Día de la Camilla” en Denver de 1921 que atrajo a “12,000 personas”, demostraron que la sanidad divina podía ser una realidad pública y verificable.
La Viña
El movimiento de La Viña, aunque relativamente reciente, ha contribuido significativamente a la comprensión teológica de la sanidad divina en contextos no tradicionalmente carismáticos. La aplicación de “el Evangelio del Reino de Dios” de George Ladd al ministerio de sanidad ha proporcionado un marco teológico sólido que puede resonar con diferentes tradiciones denominacionales.
La idea de que el reino de Dios es una realidad que está presente entre nosotros, pero no en su plenitud ayuda a explicar la experiencia mixta que tenemos con la sanidad. Esta teología del “ya pero todavía no” permite que denominaciones con diferentes énfasis teológicos encuentren un marco común para entender tanto las sanidades como su ausencia ocasional. John Wimber a través de La Viña permitió que “todos puedan jugar” o “todos pueden hacer lo que Jesús hizo”.
Iglesia Anglicana
La Iglesia Anglicana, siendo la tercera más grande de iglesias cristianas, con congregaciones en más de 165 países, ha mantenido históricamente una posición única. Siendo un “punto medio” entre catolicismo y protestantismo ha permitido una apertura a prácticas de sanidad que a veces se pierden en otros contextos.
Los anglicanos han mantenido dos sacramentos (medios de gracia): el bautismo y la comunión, pero también reconocen los otros cinco sacramentos católicos se consideran ritos religiosos importantes. Esta apertura sacramental ha creado un espacio teológico donde la sanidad divina puede florecer naturalmente.
Canon Jim Glennon de Sydney, Australia, dirigió durante veinticinco años un ministerio de sanidad que es ahora el más grande ministerio anglicano de este tipo en el mundo y reportó que: “en su iglesia más personas han sido ganadas para Cristo a través de la sanidad que por todos otros medios combinados”.
Denominaciones Protestantes Principales
Las denominaciones históricas principales incluyen: “Iglesias Bautistas, la Iglesia Episcopal, la Iglesia Evangélica Luterana en América, la Iglesia Presbiteriana y la Iglesia Metodista Unida”. Estas denominaciones, que se considera que representan las ramas más antiguas e influyentes del protestantismo, tienen una herencia que puede redescubrir la práctica de la sanidad sin problemas.
Estas iglesias han mantenido una doctrina religiosa que enfatiza la justicia social y la salvación personal. Su compromiso histórico con la justicia social puede extenderse naturalmente hacia el cuidado integral de las personas, incluyendo la sanidad física.
La Voluntad de Dios
Como bien dice Ken Blue en su investigación, uno de los principales obstáculos para la práctica de la sanidad en las denominaciones tradicionales es lo que él llama “determinismo divino”. Muchos creyentes piensan que “si Dios ha decretado enfermedad, ninguna cantidad de oración puede alterar ese estado”.
Sin embargo, podemos proponer una alternativa teológicamente sólida: si alguien sostiene una teología en la que la voluntad de Dios siempre se cumple, es posible que no siempre la conozcamos en una situación particular. Esta perspectiva permite que personas con diferentes trasfondos teológicos encuentren un terreno común para la práctica de la sanidad.
Desde esta comprensión, la oración y la insistencia en buscar sanidad se vuelven aún más relevantes. No oramos para cambiar la voluntad de Dios, sino para alinear nuestras acciones con ella y discernir cuál es en cada circunstancia específica.
Estoy totalmente convencido de que, si quienes creen que la voluntad de Dios siempre se cumple oraran desde el reconocimiento de su desconocimiento (con el propósito de ver qué sucede), muchas más cosas ocurrirían. De la misma manera, quizás la voluntad de Dios sea que una persona sea sana en el intento de oración número 1368, entonces, deberíamos orar 1368 veces por ella. Insisto: si esta fuese la actitud, habría un enorme registro de sanidades dentro de las iglesias tradicionales, sin necesidad de alterar su teología y liturgia en la mayoría de los casos.
Evidencias y Formas
Louis Berkhof, en su Teología Sistemática, representa la posición cesacionista al argumentar que “se necesitan pruebas más contundentes” para validar la continuidad de los dones de sanidad. Esta preocupación legítima por la verificabilidad debe ser abordada con seriedad y honestidad.
La respuesta no debe ser defensiva, sino constructiva. Como sugiere Ken Blue, “una buena práctica es (en lo posible y humildemente) guardar pruebas de testimonio, no con el fin de rebatir, sino de fortalecer la fe de las personas”. Este acercamiento reconoce (y valida) las preocupaciones cesacionistas, al mismo tiempo que mantiene el enfoque en la edificación del cuerpo de Cristo. De manera honesta, la fe de toda la comunidad crecería si, además del testimonio, existiera un documento certificado que evidencie la obra de Dios.
Si bien esto podría alimentar el escepticismo de algunas personas, considero que es algo altamente recomendable, aunque no obligatorio.
Por otro lado, a muchas iglesias tradicionales les resulta conflictivo “declarar” o “decretar” sanidad. Esta tensión suele reducirse más a cuestiones de lenguaje que a diferencias teológicas fundamentales. Reconociendo (como carismático) que “declarar” es algo que la Biblia nos anima a hacer (a diferencia de “decretar”), podemos encontrar formas de expresión adecuadas para distintos contextos denominacionales.
En lugar de utilizar un lenguaje que pueda generar resistencia innecesaria, podemos adoptar expresiones más simples y bíblicas. Por ejemplo, en vez de decir: “Yo declaro que tu hombro derecho es sanado”, podríamos decir: “Hombro derecho, sé sano”. Este cambio mantiene la autoridad bíblica, al tiempo que respeta las sensibilidades denominacionales. Es la misma práctica y búsqueda de sanidad, solo con una forma distinta. Misma polera, distinto color.
Cuando Jesús dijo: “Sin embargo, si yo expulso a los demonios por el Espíritu de Dios, entonces el Reino de Dios ha llegado y está entre ustedes” (Mateo 12:28), estaba conectando los milagros con una realidad teológica que todas las denominaciones cristianas pueden afirmar. La lista de los 37 milagros registrados de Jesús (de los cuales 23 son de sanidad) revela claramente las prioridades del ministerio del Señor. Esta no es una estadística denominacional, es un hecho bíblico que debe orientar el ministerio de todas las iglesias cristianas.
Comenzando Donde Estamos
Mi convicción fundamental es que “todos pueden ver sanidades”. Esta no es una declaración triunfalista, sino una invitación humilde basada en la Escritura. No solo los carismáticos y pentecostales pueden ver sanidades, “sino también Anglicanos, Luteranos, Presbiterianos, Aliancistas, Bautistas y otros”.
El punto de partida no es cambiar una teología o denominación, sino aplicar más plenamente lo que ya creemos. Si creemos que Jesús es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Hebreos 13:8), entonces podemos esperar ver su poder sanador manifestarse hoy en nuestras iglesias.
Mi experiencia ministrando en diferentes contextos denominacionales me ha enseñado varios principios que trascienden las líneas teológicas:
Siempre recuerda que ministrar sanidad a otros es amar a las personas. Este principio resuena con todas las tradiciones cristianas porque conecta la sanidad con el mandamiento fundamental del amor.
No te quedes solo con tu forma. La flexibilidad metodológica permite que diferentes denominaciones mantengan su identidad mientras participan en la obra de sanidad. Cuando ministré en una iglesia carismática tradicional, inicialmente mis oraciones breves no resonaron con la congregación que estaba acostumbrada a “oraciones largas y explayadas, con muchos versículos bíblicos”. Cuando adapté mi estilo, fueron sanados casi todas las personas que recibieron oración.
No dejes de insistir. La persistencia en oración es un valor compartido por todas las tradiciones cristianas, independientemente de su posición sobre dones específicos. No necesitamos ser tradicionalistas para afirmarnos de la Palabra de Dios.
Cuenta testimonios. Compartir experiencias reales de la bondad de Dios edifica la fe en todos los contextos denominacionales. No necesitas ser muy carismático para contar un testimonio.
Es importante mantener expectativas realistas. Me gustaría poder decirte que todas las personas enfermas por las que ores serán sanadas, pero simplemente no es así. Esta honestidad es crucial para mantener la integridad en cualquier contexto denominacional. Sin embargo, justamente porque no sabemos qué ocurrirá, podemos pensar que quizás Dios actuará en la oración número 1368, o que en la 1369 nos mostrará que su voluntad es otra. Pero hasta que haya una evidencia colectiva e irrefutable de que Dios no desea obrar en ese sentido, por lo que no podemos orar menos de 1368 veces y nuestra actitud debe seguir siendo en favor de la sanidad.
Sin embargo, también creo firmemente (al igual que todos) que “Dios siempre sana”. Reconozco que “a veces, la sanidad tarda en llegar” o bien en esta “era” no la veremos, pero, ya sea “a través de la oración y la irrupción del reino en medio nuestro”, o el día en que “Cristo vuelva”, la sanidad llegará. Esto nos permite mantener la esperanza mientras vivimos con resultados mixtos sabiendo que todos abrazamos la misma idea.
Concluyendo
Paradójicamente, la práctica de la sanidad divina, cuando se realiza con humildad, amor y fidelidad bíblica, no divide la iglesia sino que la une alrededor de la persona y obra de Jesús. He visto cómo bautistas, presbiterianos, metodistas y anglicanos pueden orar juntos por los enfermos cuando el enfoque está en Jesús y no en nuestras diferencias.
Mi propósito no es convencer a todas las denominaciones de que adopten metodologías carismáticas específicas, sino invitarlas a redescubrir las riquezas de su propia herencia en cuanto a la obra sanadora de Dios. La meta es construir un “puente” para que otros abracen y practiquen esto más allá de su teología particular.
Cada trasfondo puede expresar esta práctica de manera que sea consistente con su identidad teológica e histórica. Los anglicanos pueden enfatizar los aspectos sacramentales, los presbiterianos pueden enfocarse en la soberanía de Dios, los metodistas pueden conectarla con la santificación, y así sucesivamente.
Mi historia desde una iglesia presbiteriana tradicional hasta una práctica activa de la sanidad divina me ha enseñado que el Reino de Dios es más grande que nuestras categorías denominacionales. Mis primeras experiencias carismáticas comenzaron en una iglesia presbiteriana. La sanidad divina no es una práctica extremadamente carismática o denominacional, sino una expresión natural del evangelio de Jesucristo que puede florecer en cualquier contexto que honre la Escritura y busque la gloria de Dios. Cuando limpiamos el terreno de estos obstáculos y regresamos a una lectura simple de la Escritura, descubrimos que la sanidad es parte integral del mensaje del Reino de Dios.
Es tiempo de construir puentes y ver la gloria de Dios manifestarse a través de toda su iglesia, independientemente de nuestras tradiciones particulares. El Reino de Dios ha llegado, y todos nosotros (sin importar nuestra denominación) podemos ser sus embajadores en un mundo que necesita desesperadamente experimentar el poder sanador y el amor de Jesús.
Bibliografía
A.B Simpson, El Poder de lo Alto
Francisco Tapia, Cómo Sanar a los Enfermos
John Wimber, Sanidad Poderosa
Ken Blue, Authority to Heal
Louis Berkhof, Teología Sistemática
Randy Clark, Authority to Heal
Wayne Grudem, Teología Sistemática